De “la banda del pajarito” a los “homicidios colectivos”

¡No!, ustedes los medios masificaron la circulación que las capuchas eran para los criminales, los terroristas y de toda esa “gente fea”, “mamerta”, “revolucionaria” ..., que no es de bien, que se la pasa protestando, saboteando el buen gobierno y dañando la propiedad privada. Haciendo un paréntesis para la catarsis, alguna vez se respondió desde el congreso con tono fascista: “estudien vagos”, y hoy, esa misma voz de odio sale a decir que los siete militares que violaron una niña de 13 años, son víctimas de un falso positivo. Esas mismas voces de la miseria y la infamia, frente al mismo hecho salen a decir desde la FISCALÍA GENERAL DE LA NACIÓN, que debemos sentir orgullo por la actuación tan “eficiente” al capturar unos soldados, e imputarlos por un delito (que aclaremos) no fue abuso. De manera más literal, siete soldados de EJÉRCITO COLOMBIANO violaron una niña, cometieron acceso carnal violento a menor de 14 años. ¿A cuál país que presume una democracia estable y una moral impoluta, se le ocurre naturalizar este hecho tan enfermo?

Volviendo sobre la capucha, ahora la recomendación que hace el fascismo es andar con el rostro encapuchado, y si, el símbolo es poderoso, porque el tapabocas no para cubrir en el sentido altruista de proteger, sino para encubrir la obscenidad y el morbo de las élites políticas y económicas del país, cuando se dirigen a lo público y lo social para satisfacer sus deseos de vandalizar, humillar y disfrutar con la criminalización de las mentalidades opositoras al gobierno ramplón de duque. 

Ya no es chistoso que el presidente sea un payaso, creo que nunca lo ha sido, pero ahora es tiempo de llamarlo por lo que es: un miserable tirano, igual que su mentor y toda su banda delincuencial del CENTRO DEMOCRÁTICO: sus acéfalos militantes, los militares, los policías y todos los que avalan y comparten su gobierno inhumano de humillación y miseria infinita. 

Qué dirán esos mismos medios que tipificaron tapar el rostro como un símbolo criminal, ante la recomendación de las élites de permanecer encapuchados, cuando el otro está cerca. Qué dirán sobre la solidaridad, cuando la campaña “antiotredad” de la maquinaria viene creciendo en la idea que al otro se le debe percibir con sospecha, porque no se sabe si está contaminado y representa un peligro, desviando la atención del verdadero peligro que son ellos, los políticos que secuestraron el poder del estado y sus amigos banqueros, periodistas prepago, paramilitares, narcotraficantes, cristianos y pobres que ven a otros pobres que luchan por cambiar el orden establecido como sus enemigos naturales. Qué dirán las élites, al presumir que tienen el “don de gentes”, cuando al tiempo recomiendan un “Covid friday” como cura para purgar poco más de cien días de encierro, contradiciendo —y porque no, traicionando— la aparente preocupación por “su” pueblo colombiano. 

La respuesta pareciera simple. Arrojar la basura propia sobre la otredad. Es decir, en los adversarios políticos que no pueden coincidir con la política de fascismo que se impone como una victoria del neoliberalismo y el CENTRO DEMOCRÁTICO. Pareciera y el objetivo con la oposición fuera encochinar y uniformar a la sociedad con el mismo manto de basura que las encubre desde hace tiempos. Con acierto señaló Petro "no somos como ustedes”, y de nuevo al unísono: ¡sí!, los adversarios al gobierno de Duque no somos sujetos vertedero, para que arrojen sobre nosotros toda la basura moral que los habita, todo su odio de clases y las cosas que como élites les incomodan y los alejan del ideario de gentes de bien. 

A nosotros, los opositores políticos de su régimen fascista de humillación y precariedad humana, no nos gustan las cobijas de la normalización y la uniformidad. A muchos de nosotros no nos gusta que nos incluyen en esta locura mental del “todos los colombianos”, no nos gusta y oponemos a que hablen por nosotros, porque muchos de nosotros no elegimos a criminales ni a tibios en el poder. A muchos de nosotros no nos gusta ser incluidos en el combo de la gente de bien, porque no somos como ustedes y tampoco nos gusta la ambigüedad moral y conceptual con la que se refieren a la inclusión de la sociedad civil en el conflicto con una lógica policial para controlar al otro. Tampoco nos gusta la vaguedad cuando se refieren a la violencia, la guerra, el desplazamiento y la legalización de los muertos en favor de una política para la muerte, cómo los falsos positivos y ahora los falsos judiciales contra la academia, periodistas, colectivos de oposición, permitiendo un presente de insanidad mental, al generar un estado continuo de contradicción y doble vínculo, me refiero a la ambigüedad en el lenguaje, el cual está relacionado con la paranoia, la indefensión, la esquizofrenia y la sociopatía al reprimir el ejercicio político del debate, la diversidad, las voces subalternas, la apropiación crítica de la memoria histórica... A muchos de nosotros no nos gusta lo que la ultraderecha, Uribe, y el CENTRO DEMOCRÁTICO históricamente le han hecho y le siguen haciendo a la vida, al trabajo, a la naturaleza, a la política, a los valores de la cultura, a la sociedad, a la gente... y por eso muchos ya ni atendemos a las columnas de odio, que intentan desesperadamente lavar la cara del uribismo, como la escrita por Vicky Dávila “la banda del pajarito”. 

No leer esas columnas y noticias de ambigüedad y desviación de lo político hacia lo estético y la moral, se convierte en un ejercicio de resistencia y de sanidad mental. Pero en una mirada crítica, habría que decir que a muchos no nos gusta la autocensura, en cambio sí, disentir y comprender lo que están diciendo en esos medios tradicionales y prepago, y al decir lo mismo, muchos de nosotros llegamos a una conclusión cercana; y es que no están planteando nada nuevo ni diferente en táctica ni estrategia política. ¿Cómo se reinventarán las subjetividades del CD?

¡NO!, en definitiva, a muchos de nosotros, los opositores al gobierno nos gustan usar otros mantos. Nos gusta la diversidad, esa cobija que tiene muchos matices, y no por eso, salimos a odiar, censurar, basurizar a quienes piensan, sienten y hacen del mundo un lugar para la pluralidad, la convivencia, el debate, el diálogo, y muy importante: el amor, que aunque sea un concepto polisémico, desde la amplitud de su imprecisión nos permite dinamizar cosas dentro del espíritu, desentrañar y movilizar anhelos, pensamientos, saberes, deseos, prácticas... cosas que se necesitan decir con o sin tapabocas; pues lo social no es la suma de los cuerpos, sino la posibilidad de un proyecto político compartido desde la pluralidad, algo a lo que las élites temen, y es ahí el punto de presión, la fuerza social de un proyecto compartido para deformar las oprobiosas resistencias militares, policiales, morales y autoritarias tras las que se escudan estos miserables gobiernos del odio y la humillación.

De la banda del pajarito a hoy, 1 de septiembre de 2020, el presente de humillación y odio no cesan. Justo ahora que se levanta la “cuarentena” total en el país, sale un ministro de justicia igual de miserable al gobierno a declarar, frente a las recientes masacres, que no estamos asistiendo a un presente de masacres sino de ‘homicidios colectivos’. Vea usted los usos que ahora intentan darle al término <colectivo>. El inhumanismo del gobierno es total y disfruta humillando nuestro intelecto, sensibilidades y capacidad de pensamiento crítico. Terrible como se romantiza la matanza con el uso de este concepto, queriendo maquillar la barbarie incivilizada y homicida de las élites políticas y económicas, ancladas en una enfermedad muy grave que impide lo político, y es el exceso de moralina como lo adelantó Nietzsche en el Ecce Homo. 

En efecto, lo de estas élites no es la política sino la moral, y en esta orientación de separar lo divino y lo humano reclamando títulos para gobernar y ser gobernado, siguiendo una lógica “del siervo feliz “ como lo planteaba Foucault, claramente no genera un presente político de confianza y democracia, sino de incertidumbre y distopía, al permitir que en lo social se perciba el fenómeno psicológico de la desesperanza aprendida, en el cual se configura la resignación social como un sentimiento compartido, que no ve opciones de cambio hacia el futuro, sino que, el mismo presente de violencia, humillación y odio auspiciado por el CENTRO DEMOCRÀTICO y su pacto “de sangre” con el ideario neoliberal y las élites económicas, al ser desolador y sobrio, hace tanto más difícil el ejercicio de visualizar un país con dignidad y un reparto que ayude a construir ciudadanías libres, dignas, respetuosas de la vida en todas sus formas. 

Así las cosas, cómo confiar en aquello que pide el gobierno Duque que, desconociendo el asunto humano, se dibuja desde planos morales y celestiales con la lògica de “lo políticamente correcto” y no desde el deseo mismo, tan humano tan honesto, tan nosotros, tan de aquí, tan de esta tierra errante y sin más, con una lógica así, presentando la moral como horizonte de acción que en vez de construir, destruye por su intolerancia e incapacidad de amor. Cómo confiar en un gobierno cuando el cuchillo ya ha penetrado el corazón mismo de la solidaridad y el futuro, generado distopía e inhumanismo. 

Mi invitación <si lo que se quiere es habitar en un enfoque de sanidad distinto al canon de normalizar y uniformar el conjunto de las creencias, los valores, la sexualidad, los deseos y demás atributos humanos y sociales de nuestra subjetividad>, es a reflexionar en conjunto, es decir en colectivo, lo que implica el reconocimiento de las dimensiones políticas y de alteridad que esto conlleva. El propuesto, sería un ejercicio social y político de reflexión constante, en donde por ejemplo la memoria colectiva e histórica se activa para recordar que la inversión social no es caridad, es decir no es un favor, ni una ayuda, y menos aún la caridad de los ricos arrojando limosnas sobre los pobres.

¡Si!, mi sueño, mi utopía social sigue siendo que se acabe la brecha que diferencia el mundo de los pobres y los ricos. En la práctica, que los unos y los otros lleven a sus hijos y sus propias vidas cuando enferman, a los mismos sistemas de salud, es decir, que todos tengamos el derecho pleno a la vida, a la misma inversión sin clasificar y marginar por estrato económico, estatus intelectual, acervo cultural… 

En este sentido, la utopía se convierte en un ejercicio compartido de sanidad mental, con el cual buscar alejar esos egoísmos individuales que terminan sacrificando la fuerza de luchas colectivas con las cuales advertir otro reparto.  

Quedamos ahí, en los brazos del deseo desobediente, resistente y resiliente para cambiar el orden fascista que se impone rampante como victoria del CENTRO DEMOCRÀTICO. Seguiremos dando la pelea con nuestra oposición, invitando y motivando al cambio, estableciendo redes de afecto, comunicación, reciprocidad y pensamiento crítico, en un ethos que conserva sentidos colectivos de futuro y esperanza. Un abrazo para todos y todas. 

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