DARLE VIDA AL HABITÁCULO

Abro los ojos, observo sobre mí figuras verdes muy brillantes, dispuestas alrededor de otras, permanecen en el silencio de la oscuridad que me acompaña esta noche, sobre mi izquierda un pesado cajón de madera está suspendido con mis pertenencias, objetos que tienen sentido más allá de su fin práctico, son pedazos de historias, como aquella que me enlaguna la vista justo ahora.

Sobre mi cabeza flota entonces un universo de cosas que he construido en compañía, ¿qué tan física será la presencia de alguien? Me pregunto con la última gota de lucidez que ahora creo me sostiene, antes que llegue el caos sobre mi cuerpo… ¿Y si tal vez su existencia se prolonga ahora en el universo de mi habitación?, sí, pueda que eso me sirva de consuelo ahora.

Volviendo al pasado de un par de semanas en retrospectiva, me senté en esa silla que está a unos metros de mí ahora, y con la cámara en frente de mi rostro me encontré con mis amigos para pensar en un tema que hiciera de agosto un mes interesante… Vaya que sí lo fue, agosto un mes que me permitía pensar en efemérides nacionales: “saquemos la bandera por la ventana, prendamos el televe a ver el desfile…”, “mire mi niñita este cuadro de mi general Bolívar que le tengo para que se lo lleve a su habitación”, “¿qué opina de estos libros que le conseguí de historia patria?”. Ese cuadro y esos libros expectantes estaban justo a mi espalda esa mañana de videollamada.  

Viajando más al pasado, años antes que yo apareciera, sus manos habían sostenido a su padre que se marchaba, ahora hoy están tal vez juntos, ya se encontraron por fin, después de tantas tardes bajo la luz naranja que se metía por la ventana y charlábamos juntos, él sentado con sus brazos apoyados en sus piernas y con lágrimas recordaba a mi abuelo, que era su padre, como el gran Tomás Parra Parra, herrero de la Escuela de Artillería. Hoy mi tío, soldado del Ejército Nacional, pensionado por sanidad mental, está tal vez abrazándole en un reencuentro esperado por más de 5 décadas.

Ya, en el presente de este mes, de ahora en adelante, agosto más que nunca me va dibujar en la memoria la imagen de esos ojos azules que me acompañaron cuando parecía que la compañía era esquiva, justo como ahora, en donde su ausencia es indescifrable, donde su presencia ya no está para salvarme un poco de la tristeza.

Cierro mis ojos en la quietud de mi cama, creo en que su vida fue plena, que nunca dejó que le perturbaran las angustias, aunque no hablara de su doloroso camino en el hospital militar y las largas jornadas de terapia de choques, sonreía como si su corazón fuera intacto. Pienso en que tal vez, durante sus últimos minutos la memoria le jugó una mala pasada cuando tuvo que regresar a ese mismo lugar que le significó dolor y miedo, así su respiración se hizo cada vez más difícil y en menos de 24 horas después, ya estaba reuniéndose con su padre.  

Mi pecho se sobresalta un poco en los sollozos, porque no alcanzó el tiempo para sentarnos a ver el noticiero, para seguir poniendo “programas científicos” como él los llamaba, hoy a mis 27 años no me alcanzó la vida para agradecerle todo lo que hizo por mí, todo lo que me enseñó desde que creo tener memoria, por arreglar los libros que estaban rotos en mi biblioteca, por enseñarme a leer en la silla de un autobús mirando avisos juntos, por las veces en que me hacía reir cuando escuchaba sus historias, por enseñarme a ser curiosa y querer entender por qué este país en el que me tocó nacer es así como ahora es, por enseñarme a no juzgar a nadie, por mostrarme que la rabia se puede ir pronto si tengo el cariño de mi familia.

Hoy ese universo de mi habitación en el que me encerré para recordarlo, está colmado de historias y objetos donados por él; los cofres que guardan mis lápices, los relojes que me regalaba y las palabras que escribo aquí, son fruto de su legado imponderable. 

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