CENTRO DEMOCRÁTICO: MORAL Y PATRIA

El Domingo 26 de septiembre y el 2 de octubre del año 2016, pasaron a ser en la memoria local, hechos históricos que marcaron en alguna magnitud el devenir del mundo en términos de las utopías compartidas de esperanza, paz y reconciliación. En Colombia ¡el epicentro!, el lugar de la noticia, de la distopía que convocaba la atención del país y partes del planeta entero. El 26 de septiembre acontecía ante la mirada del mundo [repartida en delegados de prensa, políticos, televidentes y otros actores civiles] en Cartagena de Indias la firma del acuerdo final de paz entre el estado y una de las insurgencias más antigua del continente americano <la guerrilla de las FARC>. En contraste, el 02 de octubre, una semana después de la firma, esos mismos ojos “del mundo” reaccionaban atónitos ante la pérdida en las urnas del plebiscito refrendatorio de los acuerdos de paz [por acuerdo alcanzado]. 

Cómo lograr comprender el desconcierto, el desdén que dejaba en una parte representativa de la sociedad civil colombiana y de las víctimas del conflicto la victoria del -NO en el plebiscito-. Desde dónde abordar esta realidad en un país colectivamente adolorido por las consecuencias de la guerra y la lucha entre las élites con el pueblo colombiano. Cómo interpretar el hecho que miles de personas en las urnas no lograran atisbar la oportunidad de encontrar en el silencio de los fúsiles y el desescalamiento de la violencia, un horizonte de posibilidades para la implementación de procesos de transformación agraria, social y cultural en el país, más aún el avistamiento de políticas necesarias para la continuidad del conjunto de la vida en condiciones de integridad, respeto por la naturaleza y la pluralidad social y humana. Ese dos de octubre el descontento, la indefensión y la desesperanza parecían ser el rostro de las sensibilidades que esperaban con ilusión una victoria sobre las elites políticas dominantes con afiliación al ideario de ultraderecha.

En la especulación estadística, en las noticias, en las charlas cotidianas el ¡si al plebiscito! parecía un triunfo seguro. Incluso en el cálculo político del gobierno ¡el sí! parecía tener en la magnitud de sus fuerzas mucha más potencia que las del no, abanderado por el entonces partido de “oposición” al gobierno: El centro democrático, por cierto, alojado en la defensa de las tesis conservadoras de ultraderecha. El 2 de octubre quedó grabado en la memoria colectiva del país, el recuerdo simbólico de haber perdido en las urnas la oportunidad de implementar en el territorio nacional los acuerdos de paz logrados en la Habana Cuba y sobre esta memoria otras más, que aún hoy recuerdan frases como “el centro democrático ganó el plebiscito”, “el no de Uribe le ganó al sí de Santos”, “la paz de santos fue derrotada” (…)   

Como acontecimiento histórico el triunfo del NO en el plebiscito expondría el entorno político, la punta de un iceberg, en cuya zona oculta se cristalizarían las fuerzas que requería el partido CENTRO DEMOCRÁTICO para ganar las elecciones presidenciales del 2018, y desde ese lugar de poder “saldar las cuentas” con el gobierno saliente del hoy ex presidente Juan Manuel Santos. Con el plebiscito comienza una campaña, una ¡batalla! orientada a ganar la presidencia de la república y cabalgada sobre el lomo del triunfo del no por el carismático expresidente y líder del centro democrático Álvaro Uribe Vélez; quien solemnemente invitaba a sus copartidarios a dirigir conjuntamente la mirada hacia un horizonte de victoria, donde se pudiera atisbar la promesa de reclamar el triunfo del no y canjearlo por reformas orientadas a obstaculizar la implementación de los acuerdos de paz y con esto, recuperar el país de la avanzada “castrochavista” confabulada entre el gobierno Santos y los terroristas de las FARC.

Aquel hombre, el gran colombiano elegido en el 2013 “como el personaje más representativo de la historia del país” (El Colombiano, 2013, párr. 1) Con las charreteras puestas, cabalgando lento sobre el lomo del plebiscito [su caballito de batalla], con la barbilla en alto y la mirada puesta en el trono presidencial, cercado por un séquito de escoltas y de fieles devotos, hace su aparición el 3 de agosto de 2016 en la entrada principal del centro de convenciones g-12, también conocido como iglesia evangélica MISIÓN CARISMÁTICA INTERNACIONAL, el aclamado y bendecido presidente Álvaro Uribe Vélez (El tiempo, 2016). Afuera una multitud calculada en cientos [quizás miles] pugnaba por entrar al auditorio y en la inercia de la masa, el desorden parecía desbordar la resistencia del dispositivo de seguridad montado por la iglesia misma. La policía hizo su aparición fortaleciendo el cordón de seguridad, impidiendo que algunos en su pasional furor traspasaran la frontera y en el impulso alcanzaran a tocar lo intocable que era Uribe en ese momento. Afuera, el ambiente histérico de los fieles contrastaba con la “santa” violencia que ejercían líderes de la iglesia contra aquellos ciudadanos promotores del ¡sí a la paz, sí al plebiscito! y que arengaba en contra del presidente eterno. En la entrada del auditorio, perdida entre tantos fanáticos se alcanzaba a oír una “serenata a favor de la paz” (el heraldo, 2016, párr. 11), en mucho absorbidas por las multitudes cristianas y uribistas del lugar. 

La algazara, los mensajes y serenatas por el sí parecían resistir el ¡fuera…! de quienes arengaban cristiana e intolerantemente “fuera, fuera, fuera…” y en otras tantas voces dentro y fuera de la iglesia se escuchaba un sonoro: “¡Uribe, Uribe, Uribe…!” (el tiempo, 2016, párr. 2).

 De puertas para adentro, el carismático Álvaro Uribe era esperado por una multitud de creyentes quienes aplaudían, gritaban, se desmayaban y en el caso de los más cristianos y uribistas fieles al dogma conservador del partido, parecieran “levitar”, al igual que la senadora Paloma Valencia quien por cierto cuelga con orgullo en una pared de su casa el cuadro del “sagrado corazón de Uribe” (Semana, 2016). Desde la entrada hasta la llegada al púlpito del auditorio, aparecía dibujada una calle de honor para el paso del presidente eterno, quien buscaba como mesías el púlpito que a la distancia lo miraba de frente en los ojos de los apóstoles, pastores y líderes -ungidos por la mismísima mano de Dios en ese lugar santísimo-. Ellos, los más santos y benevolentes desde el sagrado altar aplaudían la llegada de un “mesías”, que de vez en cuando miraba en las paredes del auditorio los carteles que caían de lo alto de las paredes con mensajes que decían “no + paz armada”, “no + castrochavismo” o “no + mermelada” (el heraldo, 2016, párr. 10).

Afuera, para la retina de quienes no lograron un lugar en el auditorio máximo, había dispuestas pantallas distribuidas en los otros edificios de la iglesia (el heraldo, 2016). -El derroche cristiano parecía no tener techo alguno. Pronto en el lugar, la atmósfera llenaba el ambiente con actos de fe, oraciones y mandatos actuados por los líderes y ujieres de la iglesia, quienes veían con arrogante ánimo y en el regocijo de su fe, la manera como las voces del sí eran apartadas del lugar. Ese día, adentro y afuera de la iglesia todo era fascismo, uribismo y cristianismo en un matrimonio indisoluble coreando a una sola voz “[fuera la] ideología de género”, “no al homo-castrochavismo” [ni] a la dictadura gay” (el tiempo, 2019, párr. 19) Estas eran por mucho la muestra de las arengas que resumía parte de las razones que invitaban a votar por la paz, marcando no en el plebiscito. -el plebiscito ¡dígale que NO!

Llegado Uribe al púlpito, con manifiesto en mano recitaría dentro de su acostumbrado y beligerante entusiasmo las razones por las que era inconveniente y contraproducente para el país, acompañar “el ilegítimo plebiscito”. En la sonoridad potente y la euforia del auditorio retumbaba la voz de Uribe (2016), diciendo que con el marco de la JEP “pretenden [la] absolución y el encarcelamiento de soldados, policías y civiles que les han estorbado [a las FARC]el propósito de destruir a Colombia”(P.2); decía que los acuerdos en la Habana suman a las tragedias del país “la propuesta de confundir la tolerancia y el respeto con el adoctrinamiento de la supuesta libertad sexual del niño, negando que la decisión sexual depende de la naturaleza…” (p.3).

Continúa el eufórico discurso diciendo que “la mezcla de instituciones con criminales [,] con el pretexto de combatir a otros criminales es autorización a que cada quien se sienta autorizado a ejercer violencia [como le parezca]” (p.6), sin que nadie en el lugar advirtiera lo inconveniente que resulta para la salud de una democracia recombinar las instituciones del estado con las religiosas; su carismática figura iluminada por las luces del templo y con su inconfundible y paternal tono de voz, continuaban llenando el lugar con razones que recuerdan la defensa feroz de las libertades logradas en el neoliberalismo al decir que “nuestras libertades de iniciativa privada han sido puestas en negociación en el preámbulo de los acuerdos” (p.7) refiriéndose concretamente a la propiedad privada y a la defensa narcisista de todo lo logrado en el plano individual en desmedro de lo colectivo. Uribe continúa con palabras aún mucho más simbólicas afirmando que “nuestra democracia merece no premiar con elegibilidad a quienes la han bañado en sangre” (p.5) refiriéndose exclusivamente a las víctimas de las FARC, desconociendo a otros actores victimarios como el estado y los paramilitares. En la dimensión de los derechos, recuerda que “los acuerdos de derecho humanitario de ginebra (…) son para mitigar la crueldad en los enfrentamientos, no para aprobar lo divino y lo humano que el gobierno le ha concedido a las FARC…” (p.8). Terminando el célebre discurso, el “presidente eterno” embriagado de confianza, de aplausos y muestras de incondicional afecto finaliza diciendo:

…emprendamos la campaña por el no al plebiscito porque con la impunidad no muere el odio sino que nacen más violencias; porque estas niegan a las víctimas el derecho a la no repetición de la tragedia; porque las FARC con sus delitos premiados, justificados y sin arrepentimiento, impide a muchos colombianos sentir el alivio espiritual del perdón” (Uribe, 2016, p.11).

En medio de un inacabado aplauso, de lágrimas, de gente arrodillada y fiel “a lo que diga Uribe”, la congregación de la misión carismática internacional (MCI), al igual que muchos otros devotos de otras mega iglesias ubicadas en el país, y previo consentimiento de sus líderes y pastores, tomaron posición de votar no al plebiscito como un acto que agradaba a Dios y a las gentes de bien, atiborradas de moralina y excesivo sentimiento patrio. 

No se puede decir en qué magnitud el voto cristiano, influenciado por los pilares del discurso cimentado en la misión carismática internacional por el expresidente Álvaro Uribe y avalado por el partido centro democrático, influyó (primero) en el triunfo del no en el plebiscito y más adelante en las elecciones presidenciales. Lo que sí es posible afirmar es que parte de los 53.894 votos de diferencias con los que el uribismo ganó el plebiscito y cerca de los 2´338.891 votos con los que más adelante ganó las elecciones presidenciales del 2018 (registraduría nacional del estado civil, 2016 y 2018) fueron aportados por el matrimonio indisoluble entre uribismo y cristianismo, cumpliendo así la práctica cristalizada (Zemelman, 2005) que celebra el pacto “eterno” entre el poder eclesial y el poder político en desmedro del pueblo y sus necesidades humanas, llevando lo esencialmente político de la sociedad, a los terrenos de la moralina que hacen imposible la política misma.

Frente a la pérdida del plebiscito por la paz, el gobierno Santos desplego una mesa de concertación que reunía a los miembros negociadores del gobierno y las FARC con representantes de la campaña por el NO, que concluyó el 24 de noviembre de 2016, en un nuevo documento con las “modificaciones finales al acuerdo de paz”, y en virtud de las cuales se fundamentaba la continuidad de lo pactado en la habana. En los cálculos estaba que la renegociación de los acuerdos no dejaba un ánimo de satisfacción en el partido de oposición CENTRO DEMOCRÁTICO ni en los fieles promotores del NO, quienes, montados en el caballito de batalla del plebiscito, iniciarían una férrea oposición a la implementación de los acuerdos de paz, que se fortalecería con mayor potencia si se ganaba la presidencia del 2018 como evidentemente ocurrió. 

Desde entonces, entre el sí y el no a la implementación de los acuerdos de paz, han acontecido en el país <<desde el 21 de enero de 2016 con el indulto a 30 integrantes de las FARC, hasta el 29 de mayo de 2019 con la negación de la corte constitucional a las objeciones de la JEP expuestas por el presidente electo Iván Duque, junto al aumento indiscriminado de asesinatos de líderes sociales, defensores de derechos humanos, ex combatientes, estudiantes y niños en lo que va de su gobierno>>, una serie de hechos políticos que dan continuidad a lo negociado en la habana y frente a los cuales el CENTRO DEMOCRÁTICO y sus militantes han reaccionado con vehemencia desde su lógica discursiva en las redes sociales, los medios de comunicación, las marchas y otros lugares simbólicos de la cultura. Reacciones alojadas en un discurso de partido en cuya expresión, queda la evidencia de contenidos de antagonismo y odio dirigidos hacia la confección de enemigos perennes de la patria y las buenas costumbres, a los que hace falta derrotar con la violencia de las fuerzas policivas y militares.

Cuando menos en eso estamos. En un radicalismo que no es político, ni siquiera liberal o filosófico sino del todo moral, que permite aumentar las prácticas de la humillación, el odio y la violencia en lo social, reproduciendo la costumbre histórica, alojada en la cultura política del país, de resolver las diferencias haciendo uso de la violencia, obstaculizando el desarrollo político, social y cultural del país, al reprimir las voces sub políticas del disenso y generar las condiciones para que estas sean puestas como subjetividades peligrosas y sin ningún valor.

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