VIOLETA

El presente articulo hace parte de un triptico análitico propuesto entre el autor y Cordillera que revisa tres películas latinoamericanas (Lucía, Violeta y Chocó) donde se problematizan las representaciones de las mujeres a la luz de la filosofía. Estos artículos a su vez hacen parte del libro “Cine latinoamericano, cultura y sociedad” escrito por Guillermo Pérez La Rotta y María Teresa Pérez. 

Ficha técnica
Título original: Violeta se fue a los cielos
Año: 2011
Dirección: Andres Wood
Reparto: Francisca Gavilán, Cristián Quevedo, Patricio Ossa, Thomas Durand, Luis Machín, Vanesa González

El sentido de la libertad en la vida de Violeta Parra

El sentido de esta narración es la muerte de Violeta y la indagación sobre cómo se llega, bajo una libre plenitud de existencia, a ese final. El filme termina con la imagen de la carpa La Reina, vista desde arriba, y entonces oímos el disparo. La imagen y el sonido conjugan el ser de Violeta: bajo esa carpa que la representa en su último momento, la mujer llega a su fin y dispara contra sí misma para desaparecer de la faz de la tierra. La carpa era su último hogar, donde cantaba para la gente que fuera a visitarla, gracias a la ayuda del alcalde del pueblo cercano. Allí vivía sola con su hija María Luisa. Viviendo en esa carpa, recuerda para sí misma toda su vida, y desde un reflejo autoconsciente, canta para amigos, familia, hombres, hijos y pueblos que la conocieron.

La poesía en la trama

Hay diferentes instancias narrativas, como segmentos de espacio y tiempo vividos, combinados por obra del montaje, construyendo un relato que no es lineal, sino desenvuelto en forma progresiva (infancia, juventud, viaje a Europa, etc.), pero simultáneamente evaluado bajo el foco de una entrevista real que un periodista le hizo en la televisión argentina. Además, en ciertos momentos la narración implanta bajo cierta soberanía, imágenes simbólicas que condensan poéticamente la existencia de la artista: el gavilán y la gallina, el ojo de ella tomado desde una gran cercanía, Violeta caminando por un bosque con niebla, o sentada en la carpa haciendo el balance de su vida, para construir, en su conjunto, el sentido de su muerte. El resultado es una película que exhibe una hermosa poesía en su evolución, ambientada por el carácter expresivo y simbólico de las canciones, que obran como valoraciones filosóficas de la anécdota. 

La entrevista que le hacen a Violeta en la televisión, que efectivamente fue realizada en Argentina en el año 1962, está signada por un homenaje que denota una distancia un tanto irónica del entrevistador, frente a la vida y la filosofía de vida de Violeta, distancia que siempre es confrontada por la artista con lucidez. Algunos ejemplos: “¿usted es comunista? No, pero tengo la sangre roja, como usted. Sin ánimo de ofender, ¿usted tiene sangre india? Me hubiera gustado que mi madre se hubiera unido a un indio.” Al final de la entrevista Violeta canta sobre un gavilán y una gallina; pero el montaje, igual que en otras ocasiones, nos lleva con la música a otras imágenes simbólicas, ensamblando con nuevas implicaciones al canto con las imágenes. Entonces, vemos en medio del bosque cómo el gavilán sacrifica a la gallina, mientras Violeta resume en una canción esa lucha depredadora, que es una representación parcial de su propia vida, frente a los hombres y también frente al mundo. 

La gallina y el gavilán 

Estos animales encarnan una instancia narrativa cuando se los muestra de una forma enigmática, que poco a poco se va aclarando, hasta la revelación del final. Son imágenes anticipatorias, las cuales justifican ese montaje poético en forma de un círculo creciente que abre progresivamente los significados, tejiendo motivos que dan plenitud a la existencia de la artista. Pero en un momento intermedio ella explica al entrevistador que el gavilán es capitalista y masculino, y la gallina femenina. 

Y comprendemos un tanto la alegría que nos propone, abierta en su relación de esgrima con los hombres y con el mundo, y desde la precariedad económica en la que creció. Alegría del canto de las aves, asumiendo enseñanzas de su padre en la escuela. Alegría tiznada de ironía y diversión, cuando montan en un retirado pueblito una obra de teatro sobre la pasión de un Cristo amigo de los pobres y termina ella soberana cantando al son del bombo. Alegría surreal de hacerse la muerta ante el hijo o el alcalde, ensayando para su muerte de verdad. 

Este círculo de gallina y gavilán, junto al poético canto que los transporta hacia un significado trascendental, se puede conectar con otros elementos visuales que aparecen recurrentemente en el filme, como la imagen de la niña cuando se mira al espejo y alterna con la mujer madura, recreando, escrutando su propia identidad, descubriendo sus atributos, que después aparecen en el rostro de la mujer con cicatrices, las cuales son huellas de la vida y el dolor que infringe. O la niña solitaria que repetidamente come moras en el cementerio, donde quizá están enterrados su padre y su madre. Son imágenes que indican un recorrido por la interioridad del personaje, haciendo balances o recordando la existencia, mientras corre hacia la muerte. 

Violeta Parra

Vida y muerte de Violeta

Otra instancia narrativa la representa la música de Violeta, que recorre el filme de forma magistral, porque se inserta en episodios de su vida para conectar su posible significado, en determinado momento del relato, proyectando una poesía y una filosofía de la vida fundamentales como expresiones, que integralmente nacen de la vivencia y vuelven a ella, y que como Violeta lo explica a su hija, no son suficientes, en tanto es arte, para justificar la vida, más amplia y trascendente, pero a la vez precaria y desolada. Música sin academias, bajo la fuerza de una creación puramente existencial, emanadas del alma popular, de la historia de ella junto al padre, y después de su rodar por el mundo compartiendo de forma crítica, desgarrada, a una familia que fundó y vivenció junto a su hermana y dos hombres que tuvo temporalmente a su lado. 

La vida de Violeta se retrata en diversos escenarios: la niñez y la madurez, los viajes, la entrevista, la unión desgarradora con el suizo Gilbert, algunas de sus presentaciones, y en la carpa como etapa final de su lucha por sí misma y por el pueblo. En ese periplo se aprecia el contraste fuerte entre los falsos reconocimientos que hace la burguesía y el establecimiento, y la sobriedad y autenticidad de su sino, figurando los matices que se solapan entre la ternura y el cortante talante de su ser; entre el amor duro y abandónico que recibió, y aquel que entregó a los suyos. Todas estas figuras, ensambladas con maestría por la narración, nos conducen a su muerte. Estaba presente desde el principio, cuando se hizo la muerta con su hijo Ángel, en el camino de búsqueda de cantores populares, y en el juego premonitorio ejercido cuando su hija la interroga, casi al final, mientras ella permanece acostada en la cama.

En el contacto con el alma del pueblo, vemos cómo se forja una poesía lúcida que proyecta trascendentalmente su existencia y respira un aire de libertad; o mejor, que lo crea, sustrayéndolo trágicamente de las condiciones injustas del mundo, y conquistándolo a pulso. Salvo el reconocimiento institucional del Alcalde, encontramos el falso reconocimiento de la burguesía, y con ello lo irreconciliable de dos mundos, a la luz de la entrevista televisada, que parece condesciende y signada por un ridículo complejo de superioridad del entrevistador. Por otra parte, el reconocimiento de la artista está conectado con el abandono de su infancia, y nutrido con la dureza de las montañas de piedra que recorre hacia el río de su creación; una madre india y un padre maestro la proyectan hacia la música, pero aquel le ofrece ejemplarmente la destrucción de sí mismo que hace con una guitarra. La madre aparece discretamente en el relato y motiva una autosuficiencia de los niños en la calle, resolviendo la vida con el canto y la guitarra. Las relaciones con los hombres están presididas por la gran necesidad de afecto, pero igualmente por la imponente voluntad de Violeta, como si ella sintiera desde muy adentro que los hombres le deben algo fundamental, y tarde o temprano la van a traicionar, porque entre hombre y mujer hay el mismo abismo y relación, a la vez, que entre gavilán y gallina. 

Todos estos relieves se van superponiendo en el relato y edifican el suicidio. La conexión con la gente, que no alcanza a salvarla; la unión con sus hijos, que tampoco la llena plenamente; la soledad fundamental y el peso de una vida que dio sus frutos, pero que en cualquier caso no es suficiente para serenar el corazón de la artista. La libertad misma, conquistada con fuerza y dolor, con el trabajo de la creación que se enlaza con la solidaridad, expresa eso, la obra que es la vida, desembocando en la muerte necesaria para ella misma, y de cualquier modo, insondable. 

Pero al final sabemos que su destino ha trascendido, y su soledad sembró un ejemplo de amor y valoración de la cultura andina en miles de seres del planeta, como de creación y libertad en plenitud. Y ello ocurrió cabalmente en un mundo donde la modernidad y la democracia eran, y siguen siendo, precarias, con los matices del caso; donde lo patriarcal se impuso desde centurias, y en el juego de las apariencias y la represión esparcidas bajo distintas modalidades y por diversas latitudes de América Latina. Por ello, su muerte representa una extrapolación entre la libertad recóndita del ser humano, urgente y necesaria, como gesto personal de autenticidad y creación solidaria con el pueblo. Y el otro extremo imperante, de abandono, injustica y represión, en distintos ámbitos del continente.

Su sino prefigura la inminente lucha contra las dictaduras del Cono Sur, algunas ya en curso, como en el caso de Brasil, y la apertura hacia la libertad reclamada como un gesto fundamental en cualquier época y latitud del planeta. Por eso es ejemplo. Desde las montañas y pueblos rurales de Chile, Perú o Bolivia, desde el folklor y la expresión visual y poética del pueblo, desde la filosofía de la vida que se hace con el canto sufrido y sublime de Violeta Parra.

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