CHOCÓ

El presente articulo hace parte de un triptico análitico propuesto entre el autor y Cordillera que revisa tres películas latinoamericanas (Lucía, Violeta y Chocó) donde se problematizan las representaciones de las mujeres a la luz de la filosofía. Estos artículos a su vez hacen parte del libro “Cine latinoamericano, cultura y sociedad” escrito por Guillermo Pérez La Rotta y María Teresa Pérez. 

Ficha técnica
Título original: Chocó
Año: 2012
Dirección: Jhonny Hendrix Hinestroza
Reparto: Karent Hinestroza, Esteban Copete, Fabio García, Daniela Mosquera, Jesús Benavides, Fabio Restrepo, Sebastián Mosqueira

La libertad de Chocó 

Chocó es el nombre de la mujer que protagoniza esta película y, a la vez, el nombre de un departamento de Colombia que bordea parte importante de nuestra costa pacífica. El nombre apunta a esas dos realidades: una mujer que, junto a dos hijos, soporta el maltrato de Everlides, su marido, en un pequeño pueblo de esta región, y el departamento que sufre desde hace centurias la exclusión por parte de las élites gobernantes del país, y es un rincón del país donde se concentra un porcentaje muy alto de población negra. 

El relato proyecta y entreteje esa polaridad, pues por una parte encontramos las fiestas patronales y la devoción a San Francisco, de la que participa Chocó, rezándole al santo para mejorar su suerte, y los cantos rituales que la gente entona en la iglesia, y abren el filme de una forma simbólica. Además, surge el paisaje semiselvático donde devienen los personajes; los atardeceres y sus cielos anaranjados; el río bordeado por una tupida vegetación, la casita de Chocó, enclavada en una loma que mira el río, y la depredación minera que extrae oro con palas gigantescas y utiliza el veneno mineral del mercurio, o la minería artesanal, que se convierte en una tradicional opción de labor que Chocó encuentra cuando la expulsan del trabajo anterior. 

Por otro lado, advertimos el motivo principal de la historia, enlazado con las condiciones laborales y el entorno chocoano: el trabajo de la madre de familia que discurre desde la minería ilegal hacia la artesanal, afrontando un destino focalizado a partir de su condición de mujer, y el erotismo perverso que gira alrededor de ella. Por conseguir una torta para celebrar el cumpleaños de su hija Candelaria, Chocó entrega su cuerpo al paisa Ramiro, un tendero del pueblo. A lo largo de la película los elementos del acoso sexual se anudan al entorno sociocultural y económico. Cuando el dueño de la exploración minera, también un paisa, escucha la afirmación que una mujer endilga a Chocó, acusándola de seducir a su hombre, el señor la despide, y entonces es lanzada a buscar a un minero artesanal. El jornal es fundamental para sostener a su familia, dado que al padre de sus dos hijos no le conocemos oficio distinto a interpretar la marimba, jugar dominó al ritmo del viche en la tienda de Ramiro, y por maltratar a su familia.

La mezcla de ficción y documental

Al optar por una entremezcla entre documental y ficción, se reúnen actores naturales y en ocasiones los textos son emitidos de una forma un tanto forzada. La concepción de algunos planos aparece en una aproximación muy general, sin necesidad de recurrir a acercamientos y cambios técnicos que harían más difícil la producción y la actuación. Pero la fotografía del filme construye una ambientación muy expresiva, gracias a escenas nocturnas que generan sombras y luces favorables a la conformación del drama y al retrato de las escenas familiares dentro de la casita, que dan un tono de intimidad frente al altar de la mujer dedicado a san Pacho. Es un logro de la película la exhalación fotográfica de la naturaleza en la relación con la historia. Por ejemplo, en la manera como la cámara retrata desde abajo un puente sobre el río, moviéndose en una lancha y siguiendo el paso que la familia hace para dirigirse al colegio. O el discurrir de Chocó por el bosque, bordeando un lago, mientras dice para sí misma: “me quiere, no me quiere”, refiriéndose a su drama con el marido. Los cielos contrastados por los árboles, las aves que atraviesan el firmamento, generan respiros expresivos y serenos para el drama, y los chulos que vuelan lejanos en el aire, acaso refieren a la muerte que se avecina. 

El carácter documental abre y cierra el filme, ubicando discretamente a Chocó en ese contexto, al inicio, bajo un canto fúnebre, y al final, desde un carnaval que pareciera abrir un nuevo horizonte en la vida de la protagonista, luego de la desgracia —o la gracia, según se mire— de haber matado por castración a su marido. Y en el medio de esa extrapolación, se encuentra a un san Pacho y a una religiosidad, propios de la región, que obran de distintas maneras en el curso de la película: primero, porque al inicio de la narración es crucial la imagen premonitoria de la casita incendiada, debido a una vela que temblando cayó de iluminar al santo y prendió el fuego, pues Everlides hizo mover el altar cuando satisfacía sus deseos carnales a costa de una Chocó resignada al evento. 

Este “salto hacia adelante”, que aún no se inserta orgánicamente en la historia y permanece como un símbolo, cristalizará un destino, mágicamente circundado por obra del santo y de la acción de Chocó, su devota. Pero, además, en el curso de la película encontramos a Chocó que guarda su dinero en una alcancía de guadua muy cercana al santo, y la vemos rezar en la iglesia, en un cara a cara con san Pacho, lo cual significa la protección y el encuentro para mejorar su suerte. Y al final la religión de la gente exalta a una virgen que sube por el río hacia la calle, y apreciamos cómo el filme valora a esas mujeres de esa cultura, quienes bailan, como si secretamente hubiera un signo posible de liberación marcado por la acción anterior de Chocó al castrar a Everlides, y la juerga religiosa y pagana celebrara subrepticiamente el castigo junto a la virgen. De esta manera, el relato procura unir elementos propios de la cultura, tomados de una sustancia documental, con la ficción que nos propone.

El carácter de Chocó

La historia descubre el carácter de Chocó en su condición de mujer y madre, desenvuelve su ser maternal que procura inculcar la moral a los pequeños. Y en ese empeño descubrimos el trajinar de los caminos hacia la escuela, el paso por el río a través de un puente colgante, las lejanías que el caminar sortea o el atardecer de los juegos a la orilla del río, desde unos planos sencillos que nos convierten en observadores a distancia. En medio de esa cotidianidad se trata de valorar todo lo que ella puede dar a los niños, hasta el extremo de entregar su cuerpo por una torta para celebrar el cumpleaños de su hija Candelaria. Mientras tanto Everlides juega al dominó y se embriaga, pero en las noches toma a su mujer de forma violenta para satisfacer sus deseos sexuales. Todo esto ocurre desde una lejana relación que marca con énfasis los “encuentros” sexuales entre la pareja, acentuando con ello el carácter depredador y violador de la conducta de Everlides, y la pasividad reservada y contenida de Chocó, que desemboca en el acto final de la castración. 

La condición femenina de Chocó respira erotismo muy a pesar de ella, ya que no existe ningún indicio de incitación a la seducción; pero el entorno cultural marca esos sentidos. Tanto a la luz del incidente que se ofrece en su primer trabajo, como en la conducta de Ramiro, hombre que proviene del interior del país y al que llaman “paisa” de modo genérico, por ser Antioquia el departamento de Colombia que ha generado una colonización comercial y extractiva importante en el norte del Chocó. 

La unión de feminidad y erotismo importa para desmontar aquella idea, alimentada por tradiciones anteriores, sobre las mujeres negras como esencialmente “eróticas”. Ocurre al revés en esta historia, el mundo que la circunda, las mujeres que chismosean en la volqueta que las conduce al trabajo, las miradas libidinosas de Ramiro o la violencia de Everlides, se ciernen sobre ella para signarla como fémina sexual. Por ello, luego de una discusión en la gran mina a cielo abierto, el jefe la despide para evitarse trifulcas de mujeres, y por ello mismo la búsqueda de una torta para su hija se estrella con el deseo carnal del tendero. Finalmente, esa especie de paradoja dada entre su natural condición de mujer —como madre y trabajadora— y la avidez sexual que la apabulla, explica de forma radical el sentido mismo de la castración final: ella no está en el mundo para ser sometida y violada repetidamente por los hombres, sea el marido con su explotación económica y sexual, o sea un tendero que la intercambia como una mercancía. 

Me quiere, no me quiere”, es un canto secreto de Chocó que se conecta con su vida pasada cuando conoció a Everlides en las fiestas, en un momento mágico, perdido ya, del encuentro de la pareja. Ahora ella juega con esa tonada porque sabe que su hombre no la quiere, o la “quiere” de forma destructiva, y está en el hogar para vivir a costa de ella. El canto da la dimensión de un querer malo y de una ambigüedad que preside su vida, y que, bajo la claridad de la repetida conducta de su marido, la impulsará, en el momento de la urgencia de satisfacción de éste, a la castración. No habría nada más certero, como réplica fatal al acoso sexual del hombre: exterminarlo, empezando por donde él goza más a costa de ella. Y el santo colabora para sellar lo implacable de la acción: Everlides muere quemado por el fuego, en situación semejante a la del infierno cristiano.

Everlides y Ramiro, exponentes del machismo

En Everlides no se encuentra un gran desarrollo como personaje, y se propone un esquema simple de comportamiento en función del sentido principal de subrayar la sujeción y la acción de Chocó: es jugador, borracho y maltratador de la mujer. Su afición por la marimba permanece como un dato escaso y negativo, en tanto transmite a los hijos una experiencia con el instrumento musical pero con las reservas de un egoísmo fundamental, igual que cuando, luego de golpear a su mujer y de robarle su escaso dinero, llega a la casa y coge un buen pedazo del pastel que ella ha comprado. Sabiendo que existen hombres que obran de manera similar a la que exhibe Everlides, quizá se habría dado mayor consistencia al drama propuesto, si aparecieran otras motivaciones para penetrar en su conducta. La incomunicación entre la pareja y la negatividad del personaje, serían colmadas con nuevos contenidos para justificar la narración. 

Aparte de su acción en el juego, unos pocos textos nos dicen algo más de él: el canto a la madre Santa Ana que entona cuando llega en la noche a la casa, como referente contradictorio sobre el amor a los niños, una caricia que ofrece a su hijo dormido y aquella frase que dice a Chocó cuando se dispone a realizar el coito: “tú eres mi mujer”, con lo cual está queriendo significar que por serlo ella debe recibirlo, y sólo a él, en su satisfacción sexual, cuando a él le parezca. Por reflejo, entendemos que existe una cultura que influye desde el nacimiento en hombres y mujeres para generar ese machismo, por medio de aquella tertulia ocurrida en la contraparte de la maldad humana, allí en la reunión familiar de Américo, el minero artesanal, quien con su familia y allegadas discute sobre el comportamiento de hombres y mujeres en el matrimonio, acerca de los celos justificados y la malicia de los hombres que bailan con todas, menos con la propia mujer. Pero Américo, que representa un saber tradicional y exhibe una ecuanimidad como contraparte de los descalabros de los otros personajes masculinos, afirma bajo cierto tono crítico que las mujeres son más inconformes que los hombres, con lo cual defiende suavemente la posición masculina, y a la vez apunta al homicidio que va a cometer Chocó. 

La narración expone una cultura sobre la sexualidad y sobre la relación entre hombres y mujeres, que se sobrepone sobre la individualidad de los personajes. En varios momentos se aprecia la huella del machismo trabajando en la cultura. En la educación que Chocó brinda a sus hijos ya se advierten signos de la superioridad masculina y la sumisión femenina, cuando la madre pide al niño que lleve a su hermana al colegio, y en un juego brusco, a la orilla del río, el niño dice a su hermana que “lo respete”, mientras ella es arrastrada al agua, y luego su madre la reprocha por haberle dicho “bobo” al niño. Las mujeres en la volqueta que las transporta a la mina dialogan sobre la posible diferencia entre el verdadero amor y el puro goce sexual, y acerca de Ramón, un hombre que tiene varias mujeres, preparando la pequeña querella que se dará en la mina. La condición de Ramiro ejemplifica una concepción del hombre blanco respecto de las mujeres negras: ellas son muy sabrosas para “comérselas”. En su acción se une la condición del comerciante hábil que sabe ganar dinero, con la utilización mercantil de la sexualidad. 

Desde la necesidad de conseguir una torta Chocó se entrega al tendero, pero ese camino tiene una estación: inmediatamente antes recibe una bofetada de su marido que juega afuera de la tienda y le ha robado un dinero. En la cumbre de su maternidad, sufre una doble ignominia y se entrega a Ramiro. La malparidez de los dos hombres es la contraparte que pone de relieve la grandeza de la mujer. Y la imagen que retrata el coito del tendero, muestra desde atrás, y en una línea horizontal, al hombre encima de la mujer bajo un enfoque de espía que se enmarca en el vano de una puerta. La imagen entrega con fortuna expresiva una escena ruin, como para ser olvidada, en un rincón de la tienda, donde el hombre tendido encima de la muchacha satisface desapaciblemente sus instintos, y ella está inerte como un maniquí, pues vemos sus piernas abiertas y quietas. En el punto más alto de la degradación recibida, Chocó se redime por la maternidad que defiende y encarna. Su gesto es una especie de sacrificio conectada a la venganza contra el hombre que la golpeó y que luego llega a comer de la torta que ella consiguió.

Cultura musical

Las canciones interceptan las acciones ofreciendo una reverberación, contradictoria unas veces, o trascendente en otras ocasiones. Mientras Everlides canta una nana cuando llega borracho a su casa, se dispone a maltratar a su esposa. Las mujeres cantan “aunque mi amo me mate, a la mina no voy”, mientras se dirigen a ella. Y Chocó canta por la liberación de ella y de su región, mientras se baña y acicala: “El quebranto me duele, que en mi pena agobiado el pecho quiere llorar. Óyeme Chocó, oye por favor, tú no tienes por qué estar sufriendo así”. La música está con ellos de forma natural, en los juegos de la niña y su madre, en los rezos fúnebres o la alegría del carnaval. Con ello se aprecia el acervo espiritual que propone una trascendencia expresiva propia del ser de los chocoanos, frente a la dura precariedad económica.

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